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domingo, 27 de septiembre de 2020

De giróvagos y otros goliardos hambrientos


In memoriam



No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada
.
Miguel Hernández



                                            








te llamé de varias maneras, algunas de las cuales no sé cómo se transcribirían: Robe


tal vez Rober, seguro que nunca Robert, pero sí Roberto muchas veces solo por teléfono. El único amigo que el azar necesario de los infinitos caminos decantó con tal nombre entre los que fueron, son y, espero, serán. 

En mi

cabeza lo he llamado, le he gritado, insultado al injusto teléfono vacío que me abofetea en estos 20 septiembres. 

                                                                      

Ruego sepa su recuerdo perdonar mi triste egolatría, que en verdad pertenece a un disperso ejército en distintas lizas de vida, pero de flancos tan débiles como enjuta era su silueta. Sé que me has perdonado esos momentos de duelo con hambres de quebrantos, porque siempre tuviste la delicadeza de escucharme en una dibujada boca de cuarto menguante de ironía que se nos reía en nuestras noches de cervezas, payasos y búhos de diésel.

    He recordado muchas veces nuestra despedida, y he leído de arriba-abajo, de izquierda a derecha, y de viceversa tu confidencia de esa noche tan callada de alegría. 

                                                        Fracasé por anticipado porque no te supe escuchar, aunque me dabas todas las pistas de tu triste partida. Las repaso de cuando en cuando, y sé que fui estúpido en mi vanidad de conocedor del alma.   


Me quedé con la canción más triste que todos lo árboles de Navidad muertos de todo el mundo.








Los tiempos de autorreproches se acaban si regalas tiempo de amor, amistad y juventud, que es lo que me ofreció Rober sin hacer nunca cuentas ni balances. 


                                                                                                    Siempre encontró unas monedas para acompañar los silencios o una verborrea asfixiada.







    Me regaló vida mientras compartimos vida, y le echo de menos cada día, porque veinte años es una vida, 

veinte años, a veces, es mi ayer, mi hoy, todas las mañanas de septiembre hasta ahora.




No me diste la oportunidad de alejarte, amigo querido, y a veces sueño que nos desconocíamos en muda compañía de cervezas sin espuma, porque ni Dios nos crio como a unos de sus mastines ni bifurcó nuestros caminos cruzados hasta donde alcanza mi memoria. 

  


 

      Ahora lo sé, conozco el secreto al que me apuntaste de forma sutil, y al fin tan brutal y desoladora-mente dejaste a tantos que te querían.


 

 




 



            








 






.
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
.
Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
.
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta
.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.
.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte
.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de mis flores
pajareará tu alma colmenera
.
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
.
A las aladas almas de las rosas...
de almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
.
(10 de enero de 1936) 
Miguel Hernández









 

« Más allá del ser y de su ausencia, más allá, siempre épekeina — allí, en ese ningún allí flota, impávida, LA DISPERSIÓN ».

    «    Más allá del ser y de su ausencia, más allá, siempre  épekeina    —    allí, en ese ningún allí  flota , impávida, L A  D ISPERSIÓN...