In memoriam
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
te llamé de varias maneras, algunas de las cuales no sé cómo se transcribirían: Robe,
tal vez Rober, seguro que nunca Robert, pero sí Roberto muchas veces solo por teléfono. El único amigo que el azar necesario de los infinitos caminos decantó con tal nombre entre los que fueron, son y, espero, serán.
En mi
cabeza lo he llamado, le he gritado, insultado al injusto teléfono vacío que me abofetea en estos 20 septiembres.
Ruego sepa su recuerdo perdonar mi triste egolatría, que en verdad pertenece a un disperso ejército en distintas lizas de vida, pero de flancos tan débiles como enjuta era su silueta. Sé que me has perdonado esos momentos de duelo con hambres de quebrantos, porque siempre tuviste la delicadeza de escucharme en una dibujada boca de cuarto menguante de ironía que se nos reía en nuestras noches de cervezas, payasos y búhos de diésel.He recordado muchas veces nuestra despedida, y he leído de arriba-abajo, de izquierda a derecha, y de viceversa tu confidencia de esa noche tan callada de alegría.
Fracasé por anticipado porque no te supe escuchar, aunque me dabas todas las pistas de tu triste partida. Las repaso de cuando en cuando, y sé que fui estúpido en mi vanidad de conocedor del alma.
Me quedé con la canción más triste que todos lo árboles de Navidad muertos de todo el mundo.
Los tiempos de autorreproches se acaban si regalas tiempo de amor, amistad y juventud, que es lo que me ofreció Rober sin hacer nunca cuentas ni balances.
Siempre encontró unas monedas para acompañar los silencios o una verborrea asfixiada.
Me regaló vida mientras compartimos vida, y le echo de menos cada día, porque veinte años es una vida,
veinte años, a veces, es mi ayer, mi hoy, todas las mañanas de septiembre hasta ahora.
No me diste la oportunidad de alejarte, amigo querido, y a veces sueño que nos desconocíamos en muda compañía de cervezas sin espuma, porque ni Dios nos crio como a unos de sus mastines ni bifurcó nuestros caminos cruzados hasta donde alcanza mi memoria.
Ahora lo sé, conozco el secreto al que me apuntaste de forma sutil, y al fin tan brutal y desoladora-mente dejaste a tantos que te querían.
Miguel Hernández







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