2Ω de diciembre de 2Θ2Φ
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VOGLIO VERTE DANZARE, PASTOR
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S E C R ET Ω S IG N Ω
Se nos transmite por vía oral una frase de Schuler. Todo conocimiento, dice, debe contener un poquito de contrasentido, como los dibujos en los tapices antiguos o los frisos ornamentales de entonces en los que siempre podemos percatarnos de una desviación insignificante respecto de su línea regular. Con otras palabras: lo decisivo no es la prosecución de conocimiento a conocimiento, sino el salto en cada uno de ellos. El salto es la marca imperceptible de autenticidad que los distingue de las mercancías en serie elaboradas según un patrón.
EL ÁRBOL Ԗ EL LENGUAJE
Subí a una explanada y me tumbé bajo un árbol. El árbol era un álamo o un chopo. ¿Por qué no he retenido su familia? Porque mientras miraba el follaje y seguía su movimiento quedó en mí, captado por él de un golpe, el lenguaje que por un instante realizó en mi presencia sus antiquísimas nupcias con el árbol. Las ramas, y la cima con ellas, se balanceaban cavilosas o se balanceaban rehusándose; las hojas se mostraban complacientes o altaneras; la copa se erizaba contra una áspera corriente de aire, se estremecía ante ella o le hacía frente; el tronco disponía de su buen trozo de suelo sobre el que afincaba; y una hoja arrojaba su sombra sobre otra hoja. Un viento suave hacía música de bodas y enseguida llevó por todo el mundo, como un discurso de imágenes, a los hijos nacidos pronto de ese lecho.
HABITANDO SIN HUELLAS
Si entramos en un cuarto burgués de los años ochenta, la impresión más fuerte, a pesar de toda la «amenidad» que quizás irradie, es la siguiente: «Nada tienes que buscar aquí». Nada tienes que buscar aquí porque no hay un solo rincón en el que no hubiese dejado su huella quien lo habita: en los estantes hay chucherías, en los butacones hay pañitos con sus iniciales, visillos ante los ventanales y rejillas ante la chimenea. Una bonita frase de Brecht nos ayuda a marcharnos, a marcharnos muy lejos: «¡Borra las huellas!». Aquí, en el cuarto burgués, el comportamiento contrario se ha hecho costumbre. Y viceversa, el interior obliga a sus habitantes a imponerse una cantidad altísima de costumbres. Se reúnen éstas en la imagen del «Señor amueblado», tal y como la tienen siempre presente las patronas. Habitar aquellos aposentos afelpados no era más que seguir una huella fundada por la costumbre. Incluso la cólera, que
al menor daño embargaba a los dañados, no era quizás sino la reacción de un hombre al que le están borrando «las huellas de sus días sobre esta tierra». Huellas que 'él mismo ha impreso en cojines y en sillones, las de sus parientes en las fotografías, las de sus bienes en fundas y estuches, huellas todas que parecen dejar a veces los cuartos tan superpoblados como un columbario. Los nuevos arquitectos lo han logrado con su acero y su vidrio: han creado espacios en los que no resulta fácil dejar una huella. «Tras lo dicho», escribió ya hace veinte años Scheerbart, «podemos hablar de una cultura del vidrio. El nuevo ambiente de vidrio transformará al hombre por completo. Y no nos queda ahora sino desear que dicha cultura nueva no encuentre demasiados enemigos».
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